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21 agosto 2006

El triunfo de la tiranía del miedo

Por Bob Herbert

Abdallah Higazy llamó desde El Cairo, Egipto. "Describirlo como frustrante sería muy poco -dijo-, ya que sabes que estás diciendo la verdad. Y sabes que la gente con quien hablas tiene información incorrecta sobre tu persona".
En la mañana del 11 de septiembre de 2001, Higazy, hijo de un ex diplomático egipcio, estaba en una sala del piso 51 del Hotel Millenium Hilton, justo frente al World Trade Center. Era un estudiante por entonces, y había obtenido una beca para estudiar ingeniería informática en la Universidad Politécnica de Brooklyn. El Instituto de Educación Internacional había dispuesto que se hospedara en dicho hotel mientras buscaba alojamiento permanente.


Como todos, Higazy salió corriendo del hotel después que los aviones derribaran las torres. Dejó tras de sí su pasaporte y otros artículos personales. Cuando regresó a recoger sus pertenencias tres meses después, fue detenido por el FBI. Un guardia de seguridad alegó que había encontrado una radio de aviación -que podía ser utilizada para comunicarse con pilotos en vuelo- dentro de la caja de seguridad de la habitación de Higazy.

"Eso es imposible", dijo Higazy.

"Es un hecho", dijo el FBI.

Higazy fue esposado, desvestido para someterlo a una revisión y lanzado a una prisión, como testigo material. Nadie sabía de qué acusarlo. Tan sólo sabían que deseaban mantenerlo bajo custodia.
Higazy estaba abrumado por el temor que sentía. "No dormí esa primera noche", me contó. "Estuve temblando y no de frío".
Como una bruja acusada en Salem, estuvo peligrosamente cerca de ser sacrificado en el altar de la histeria. Siguió diciéndoles a las autoridades que no sabía nada de la radio mencionada. Pero asumían que les mentía.
Como no había pruebas de que hubiera cometido ningún crimen, se consideró que era importante extraer una confesión de Higazy. Relató que un agente del FBI, Michael Templeton, le dijo que si no cooperaba, su familia en El Cairo sería puesta a merced de la seguridad egipcia, de la cual Templeton reconoció luego que tiene la reputación de practicar la tortura. Dijo también que el agente amenazó con informar que, en su "opinión experta", Higazy era un terrorista.

El temor se convirtió en pánico. Higazy comenzó a buscar frenéticamente una historia que pudiera satisfacer a Templeton. Sus primeros intentos fueron absurdos. Contó que había encontrado la radio afuera de la tienda R Music en el sur de Manhattan. Después dijo que la había encontrado al otro lado del Puente de Brooklyn. La historia finalmente fue aceptada cuando dijo que había robado la radio de la Fuerza Aérea de Egipto.

Entonces fue acusado de mentirles a los agentes federales, siendo la mentira su alegato inicial respecto de que la radio no era de su propiedad. Los fiscales insistieron en que Higazy debería ser sentenciado a más de 20 años de cárcel.

Un mes después que Higazy fuera detenido, ocurrió un milagro: un piloto entró caminando al Hotel Millenium Hilton buscando su radio. El piloto era un ciudadano estadounidense y por lo tanto tenía credibilidad. Había dejado su radio en su habitación, en el piso 50, un piso debajo del de la habitación de Higazy. Resulta que el guardia de seguridad, Ronald Ferry, había estado mintiendo: no había encontrado la radio en la caja de seguridad de Higazy. Había inventado esa historia con la esperanza de robarse una minúscula participación en una de las mayores investigaciones de la historia.

Higazy querelló a Templeton y alegó que el agente había forzado su confesión. Sin embargo, una investigación interna del FBI no encontró evidencia suficiente y un juez sobreseyó al demandado.

Todo lo que tienen que hacer hoy las autoridades es alegar que un caso se relaciona con el terrorismo y pueden salirse con la suya. El estado de derecho está sucumbiendo a la tiranía del temor. (No hay forma de saber cuántos Higazy fueron capturados en el mal llamado combate al terror y encarcelados, o cosas peores.)

Higazy, quien contrajo matrimonio y es hoy profesor en El Cairo, me dijo que está enojado con Ferry y con Templeton, pero que no alberga amargura. Asimismo, ofreció su agradecimiento a los estadounidenses "que me defendieron y creyeron en mi inocencia".

The New York Times y LA NACIONIr al arículo

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